MIGUEL DE UNAMUNO EN FUERTEVENTURA

Actualizado: 9 de sep de 2019

Para los huespedes del Ohana Guest House que mas se interesan por la cultura y que desean combinar nuestra maravillosa oferta de sol, playa y deportes nauticos con aspectos culturales e historicos les aconsejo se informen de esta estupenda historia que por casualidades de la vida hizo que el gran Don Miguel de Unamuno viviera e nuestra isla.



Efectivamente, don Miguel de Unamuno estuvo exiliado en Fuerteventura durante cuatro meses bajo el régimen de Primo de Rivera. Su llegada a la isla se produjo el 10 de marzo de 1924.



El genial escritor sufría en Fuerteventura por estar lejos de los suyos, pero rápidamente se sintió atraído por el lugar, resaltando su clima -“la eterna primavera”-,buena comida y la riquísima nobleza de sus habitantes, los majoreros.


En su paso por la isla escribe, da paseos, pesca… casi se convierte en marinero y reconoce en una carta a Carlos Esplá que la isla es “un verdadero sanatorio”.



Eterna primavera


En su biografía, los Rabaté señalan que Unamuno sufre en Fuerteventura por estar separado de los suyos, pero se siente enseguida atraído por el lugar; ensalza el clima («una eterna primavera»), la brisa ligera y la comida buena y muy sana. «La isla es de una pobreza triste; algo así como unas Hurdes marítimas», escribe. «Es una desolación.

Apenas si hay arbolado y escasea el agua. Se parece a La Mancha. Pero no es tan malo como nos lo habían pintado. El paisaje es triste y desolado, pero tiene hermosura.

Estas colinas peladas parecen jorobas de camellos y en ellas se recorta el contorno de éstos. Es una tierra acamellada. Ayer hicimos la primera excursión en auto a la Antigua. Haremos alguna en camello».


Se aloja en Puerto Cabras (desde 1956, Puerto del Rosario) con Rodrigo Soriano en una humilde pensión llamada pomposamente hotel Fuerteventura, situada entre la iglesia y la cárcel. En la azotea toma el sol como Dios lo trajo al mundo, lo que provoca las quejas de los vecinos. Aunque a él no le sube el pulso: «Yo no los miro.

Que no me miren ellos a mí», le dice al apesadumbrado propietario, Francisco Medina.



«No es una estancia improductiva». «Escribe, da paseos, pesca... casi se convierte en un marinero. No abandona sus comunicaciones por carta con la flor y nata de los intelectuales españoles, europeos e hispanoamericanos. A pesar de la vigilancia de las autoridades se las arregla para entregar sus misivas a los visitantes que llegan en los vapores, a los que utiliza como correos. No deja de caminar. Umbral decía de Unamuno que era un tranvía humano». En una carta a Carlos Esplá, político republicano y periodista, reconoce su aprecio por una isla que es «un verdadero sanatorio» donde vive «los días más entrañados y más fecundos» de su vida de luchador por la verdad.


Amigos en la isla

En la «Fuerteventurosa isla africana, roca sedienta al sol», tan alejada de la imagen que tenemos hoy día con sus lujosos resorts asomados a infinitos arenales y los surfistas cabalgando las olas, a Unamuno le duele la pobreza de la tierra, «que podría enriquecerse si logra alumbrar agua», pero le sorprende la «riquísima nobleza de sus habitantes, los majoreros». «Reaparece el intelectual campechano, el mismo que recorría los pueblos del País Vasco y de Castilla para hablar con las gentes del campo y estudiar el folclore y el refranero». Congenia con algunos isleños, como Ramón Castañeyra, acaudalado comerciante y autodidacta, o don Víctor San Martín, el párroco de Puerto Cabras. «Y en aquel pedazo de África en el Atlántico, Unamuno se convirtió en un gran poeta del mar».


Con versos como estos: «Te has hecho ya, querida mar, costumbre / para mis ojos, pies, pecho y oídos, / cansados de esperar, y tus quejidos / añaden a los míos pesadumbre».

Con prosa como esta: «La mar es algo que no espera quien conoce el Cantábrico. Es un lago tranquilísimo. Estos últimos días de luna llena estaba hermosísima. La tierra es de una hermosura de desolación. Las cabras y ovejas lamen pedruscos y sacan raicillas de yerbajos secos. Los montes sin un árbol. Y a cada paso pasa algún camello majestuosamente».


Figura a reivindicar

Es ese personaje el que acabó convirtiendo en «unamunólogo» a Manuel Menchón, que llevaba una década dando vueltas al proyecto de llevar al cine las andanzas del filósofo

en Canarias. «Parto de mis lecturas de adolescente, de la admiración por un intelectual que se enfrentó a todos y a todo. Es una figura a reivindicar en este momento», confiesa. «Él consideraba que vivió en Fuerteventura una aventura quijotesca. Para mí, Don Quijote y Unamuno son lo mismo, un icono. En Fuerteventura creó molinos de viento. Durante la preparación de la película hablé con una viejecita -ya fallecida- que lo conoció. Me contó que como iba de negro, y eso daba mal fario, los niños le tiraban piedras. Al final hizo buenas migas con ellos y hasta saltaba a la comba recitando la tabla de multiplicar. Dejó una gran huella en la isla». De hecho, al regresar de su exilio francés, en 1930, una de las primeras cosas que hizo fue enviar un telegrama a sus amistades de aquella tierra.


A Menchón le dio pudor al principio hablar con miembros de la familia. «Me imponían. No quería que me dijeran ‘mi abuelo no diría esto... o tendría más sentido del humor’». «De hecho, sí lo tenía», sonríe uno de sus nietos, llamado también Miguel, arquitecto de profesión (la saga tira ahora por esos derroteros). «Tenía autoridad y se enfadaba, pero mi padre, Fernando, me contaba que era muy cariñoso y que adoraba a sus hijos. Tuvo nueve y uno murió de niño, lo que le afectó sobremanera.

Mi abuela Concha le decía: ‘¡Qué tontos sois los hombres de talento!’».


Miguel de Unamuno, el nieto, mira unas fotos de Miguel de Unamuno, el abuelo, a lomos de un camello o «atado» con una cuerda por un majorero, broma que se permitió con su compañero de destierro, el inefable Soriano. Casi parece un turista relajado, de vacaciones, en claro contraste con el pensador que desafía a los censores zarandeando con sus escritos a la dictadura, como en esta carta a Concha: «Estamos bajo el mando de unos soldadotes vesánicos, borrachos, jugadores, sifilíticos y cretinos.

¿Y el pueblo? La sífilis se le ha convertido en envidia, que fue el origen de la Inquisición. Ya no hay hombres en España, no hay sino machos -con serrín en la mollera

y pus en el corazón- y eunucos, y por otra parte mendigos y ladrones».


Escena del paraninfo

Esa dualidad le encanta a Menchón. «Llega a Fuerteventura con dos trajes y tres libros: el Nuevo Testamento en su original griego, La Divina Comedia y los Cantos de Leopardi.


Empieza escribiendo artículos incendiarios y acaba hablando del camello y de la pesca».


Unamuno se fuga de Fuerteventura en la madrugada del 9 de julio, ya enterado de su amnistía. Se exilia voluntariamente a Francia; primero a París y, poco después, a Hendaya. En 1930, cuando cae el régimen de Primo de Rivera, regresa a España. La isla del viento recoge otro episodio, este conocido, que nadie hasta ahora había llevado al cine: el incidente del 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, durante la apertura del curso académico que coincidía con la celebración de la Fiesta de la Raza. Unamuno se enfrenta a Millán-Astray, general del bando sublevado, que exclama: «¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!».

«Venceréis, pero no convenceréis», le espeta el rector, cita histórica de un discurso que aún hoy pone la carne de gallina. «La escena resultó sobrecogedora para todo el equipo», recuerda Menchón. «Lo terrorífico para él es que esa masa, sus propios alumnos, sigan a Millán-Astray». Los últimos días de vida los pasó bajo arresto domiciliario. Falleció el 31 de diciembre. «Murió en el 36... y del 36», concluye su nieto.



MUSEO UNAMUNO EN FUERTEVENTURA


El Museo Unamuno se encuentra en una casa del Siglo XIX, en la localidad llamada en esta época Puerto Cabras (hoy, Puerto del Rosario).


Esta casa (Hotel Fuerteventura) fue la que habitó Don Miguel de Unamuno en su destierro en Fuerteventura, desde el día 12 de marzo de 1924 hasta el 9 de julio del mismo año.


En esta Casa Museo, se han conservado las habitaciones que utilizaba Unamuno, como su cama, su escritorio, la cocina o el salón que utilizaba.


Y más interesante es leer los múltiples textos de Unamuno sobre Fuerteventura, que decoran las paredes de este Museo.


El Museo se encuentra en la zona más céntrica de Puerto del Rosario, junto al edificio del Cabildo de Fuerteventura, y frente a la Iglesia de Nuestra Señora del

Rosario.


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